domingo, 9 de abril de 2017

Supererupciones en Valporquero

Hace 477 millones de años, durante el periodo Ordovícico, tuvo lugar una erupción volcánica de gran magnitud. Este episodio ocurrió en el fondo marino, que por aquel entonces ocupaba la provincia de León (Figura 1), muy próximo al continente Gondwana, situado al sur.


Figura 1. Paleogeografía del Ordovícico. La provincia de León se situaba bajo las aguas de un océano de aguas frías próximo al Polo Sur



Las erupciones que suceden en contacto con el agua, como las que se producen en el fondo de los océanos, son denominadas freatomagmáticas. Se trata de un tipo de erupción volcánica de gran explosividad que tiene lugar por la interacción del agua fría con el magma que sale del interior terrestre a gran temperatura, durante la fuerte contracción térmica que se produce al entrar ambos en contacto (Figura 2). 


Figura 2. Erupción freatomagmática submarina. El contacto del agua fría marina y la lava a alta temperatura produce una brusca contracción térmica causando una gran explosión


La explosión que se produce de forma súbita rompe la roca, por la que se abre camino el magma a su paso hacia la superficie terrestre, lanzando al aire ceniza y bloques de roca angulosos con diferentes tamaños, que en geología, son denominados tobas de piroclastos (Figura 3).

Figura 3. Toba de piroclástos, donde se observan los fragmentos de roca de tamaño variable y morfología angulosa. Foto/José María Toyos


El estruendo que causó esta erupción debió de ser suficiente para causar terremotos, cuyos restos forman unos sedimentos especiales llamados sismitas. La cantidad de material volcánico emitida por este volcán ha sido calculada en torno a 80.000 millones de toneladas de roca a la atmósfera con un volumen total que superaría los 60 km3. Una erupción mil veces más devastadora que la que asoló Pompella en el año 79 a.C. Sus cenizas cubrieron toda la provincia de León y llegaron a alcanzar grandes distancias, registrándose su presencia incluso hasta en la isla de Cerdeña (Figura 4).


Figura 4. Localización de las rocas volcánicas emitidas por el supervolcán y extensión alcanzada por los depósitos. La posición de la península ibérica con respecto al continente de Gondwana durante el periodo Ordovícico. Imagen/Gabriel Gutiérrez-Alonso


Este tipo de supererupciones se repite de forma cíclica con una frecuencia de entre 1.4 y 22 eventos cada millón de años. Los geólogos cuantifican las erupciones según una escala: el Índice de Explosividad Volcánica (IEV), que en el caso que nos ocupa alcanzaría un valor de 6 sobre 8. Entre las últimas supererupciones conocidas están las de Toba (IEV 8) y Tambora (IEV 7), ambas en Indonesia, que tuvieron lugar hace 74.000 y 202 años respectivamente. En Estados Unidos, otra supererupción se está gestando en la caldera del Parque Nacional de Yellowstone, cuyos efectos podrían ser devastadores para la humanidad (Figura 5).

Figura 5. Supervolcán de Yellowstone. Bajo el Parque Nacional de Yellowstone se sitúa una enorme cámara magmática de grandes dimensiones, capaz de cubrir de cenizas el continente norteamericano en caso de erupción


Los restos de la erupción ordovícica los encontramos en forma de una capa de ceniza volcánica, cuya alteración en contacto con los agentes atmosféricos dio lugar a una arcilla muy apreciada por sus propiedades: la bentonita potásica. Este mineral es usado en la industria del vino, en la elaboración de aromatizantes y lubricantes, como aditivo en las pinturas o para la eliminación de toxinas en los alimentos (Figura 6). 


Figura 6. La bentonita se utiliza en la industria vitivinícola para aclarar el vino y mejorarlo. Foto/Amazon.es


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